Martes 25 de Julio de 2017

CRISTINA DE BORBÓN, DEL PALACETE AL BANQUILLO

Dic 29th, 2014 | By | Category: Internacional

Ella temía que no iban a tener dinero para la hipoteca. Sólo dijo una frase cuando leyó que se sentará en el banquillo: “No entiendo nada”

Cristina de Borbón estuvo a punto de esquivar el escándalo que la ha llevado al banquillo por delito fiscal. El 15 de octubre de 2004, la céntrica notaría barcelonesa de Carlos Masiá era una especie de velatorio. Una infanta ojerosa y contrariada esquivaba la mirada del fedatario público y despachaba a su marido con un silente y ostentoso desprecio.

El notario, dicharachero y jovial por naturaleza, enmudeció al comprobar la estampa y aguardó paciente a que Miguel Tejeiro, secretario del Instituto Nóos, cuñado de Diego Torres, amigo personal suyo y hombre de confianza del matrimonio en materia fiscal, le diera alguna instrucción.

El día señalado para que Iñaki Urdangarin y Cristina de Borbón formalizaran la compra del palacete de Pedralbes por más de seis millones de euros presagiaba una tragedia. La casa de sus sueños, la materialización del éxito de Iñaki más allá de las canchas de balonmano, el icono de su triunfo social en Barcelona, se les atravesó desde el primer día como una maldición.

El notario Masiá, intrigado por la violencia de la escena, preguntó a su íntimo Michi qué ocurría al tiempo que Mario Herrera, el vendedor, empezaba a dudar de que la operación se realizase.

-Ella no quiere firmar. Dice que no lo ve claro porque no van a tener dinero suficiente para pagar la hipoteca y se han pasado toda la noche discutiendo -le susurró al notario, que empezó a entender lo que ocurría a su alrededor- Pero tranquilo, Carlos. Van a firmar. Ya está decidido.

El protocolo se solventó con una gélida sucesión de rúbricas y un apretón de manos que tiró de forma inconsciente del matrimonio hacia el abismo. Las cuentas no le salían a nadie. Ni a la Infanta ni a Iñaki. Ni a Michi ni a La Caixa, que llegó a tumbar inicialmente la concesión del préstamo porque los duques de Palma no ofrecían garantías suficientes.

Con ayuda del Rey

Urdangarin explicó a sus amistades que se embarcaba en la compra de aquella mansión porque su suegro le había insistido en que «no podía tener a su hija viviendo en un piso cuando siempre lo había hecho en un palacio». Y que «si tenía problemas para pagar la casa, que ya le ayudaría él» personalmente. Iñaki precisaba que si se lo había ordenado el Rey, quién era él para llevarle la contraria, empecinado como estaba en caer en gracia en la familia y dejar de ser visto como un simple ex balonmanista.

La Caixa tumbó la operación al echarle un vistazo y sólo la intervención «urgente» y personal de don Juan Carlos la desbloqueó. Transfirió 1,2 millones de euros a una cuenta de su hija, descongeló el préstamo y accionó la palanca que generaría en la pareja una necesidad acuciante de liquidez que les acabaría arrastrando al desastre.

Michi acudió raudo y veloz al rescate. Cogió un folio en blanco e hizo junto al matrimonio las cuentas de la vieja para pagar aquello. Tan cierto era que con los ingresos de la pareja no se podía hacer frente a una hipoteca que rondaba los 20.000 euros al mes como que existía una tercera vía altamente prometedora. Iñaki no tenía ingresos conocidos, se manejaba con sus ahorros, y Cristina de Borbón disponía para sus gastos de una asignación de la Casa Real de 72.000 euros al año y de un sueldo en La Caixa de 90.000.

‘Va a Aizoon’

Tejeiro confeccionó un croquis en el que establecía que, además de estas cifras, la principal fuente de ingresos de la pareja sería algo denominado «Nóos». Se trataba de una entidad que habían puesto en marcha Urdangarin y su socio y profesor Diego Torres y que había sido concebida como una fundación. Sus estatutos establecían que «no tenía ánimo de lucro» y que su cometido sería un concepto tan difuso como la Responsabilidad Social Corporativa. En el mismo folio, que fechó el 5 de noviembre, Tejeiro trazó una flecha en el apartado destinado a los «ingresos» que partía de «Nóos» y añadía: «Va a Aizoon».

Es decir, que para pagar el palacete, los ingresos derivados de la entidad sin ánimo de lucro, que debían destinarse legalmente a nuevos proyectos de la entidad, iban a ser desviados a una sociedad sin actividad alguna que había comenzado a operar un año antes y que acababa de ampliar su objeto social al de las asesorías.

Esta empresa, radicada en el propio palacete de Pedralbes, era compartida al 50% por el duque de Palma y su esposa, con su nombre y apellidos. El notario Masiá, que también participó en la constitución de esta sociedad, inquirió a Michi que a quién se le había ocurrido la «descabellada» idea de poner en primera línea a Cristina de Borbón y advirtió del riesgo que entrañaría para la Jefatura del Estado cualquier incidencia de la empresa.

-Tiene que ser así porque ella va a ser nuestro escudo fiscal -replicó Tejeiro, avanzando con su misterioso tono de voz que Aizoon se convertiría en una tapadera y que la mera presencia formal de la hija de Don Juan Carlos ahuyentaría cualquier inspección de Hacienda- Pero tranquilo, que todo va a ir bien.

Y, en efecto, así fue.

El dinero público recaudado por el Instituto Nóos en Valencia y Baleares superó las previsiones más optimistas. En apenas tres años de vida, el instituto de Urdangarin y Torres, que contaba con la infanta como gancho comercial en sus trípticos publicitarios, recaudó 20 millones de euros. El plan se cumplió a rajatabla. El dinero comenzó a salir de Nóos en dirección a Aizoon. Esto es, al bolsillo de los duques de Palma. Aizoon simulaba que asesoraba a Nóos, le facturaba cantidades millonarias y sus dueños disponían del dinero a su antojo.

Esta sociedad se terminó convirtiendo en una hucha familiar de la que acabó viviendo el matrimonio y sus hijos. Las obras de reforma, el equipamiento del palacete, las fiestas familiares, las cajas de su vino preferido, las interminables tablas de sushi, las clases de baile, los libros de Harry Potter para los niños. El día a día de los Urdangarin-Borbón, tickets de parking y peajes incluidos, «iba a Aizoon».

Superado el sofoco inicial, el caudal de dinero que manaba de Nóos era tan abundante que no sólo permitía sufragar las cuotas del temido palacete sino que el matrimonio se instalara en el lujo. Cristina se despojó de las preocupaciones iniciales y repetía a todo aquel que la quería oír que su marido era «muy bueno en los negocios» y que se sentía «orgullosa» de él. Pero con los ingentes ingresos llegó tambiénla incómoda hora de pagar impuestos. Los quebraderos de cabeza del principio por falta de liquidez dieron paso a las cábalas para pagar el mínimo posible al fisco, hasta tornarse en una especie de obsesión.

Sin impuestos

Convencidos de que nada truncaría su vertiginoso ascenso económico, colaron todos los gastos personales en la empresa para generar gastos en su sociedad inactiva, contrataron, con la infanta de cuerpo presente en los procesos de selección, al personal de servicio en negro y sin contrato, y confeccionaron un contrato de autoalquiler ficticio del palacete para pagar todavía menos a Hacienda. Cristina de Borbón firmó aquel documento de su puño y letra por duplicado, como arrendadora y como arrendataria. E introdujeron en Aizoon personal, también fantasma, para conseguir desgravaciones fiscales. «En España hay que ser tonto para pagar impuestos, hasta nosotros tenemos dinero fuera», presumía ufano el duque de Palma en las cenas con los amigos, envalentonado por la inmunidad que les envolvía.

El matrimonio se acomodó al lujo, aparcó la ética y se familiarizó con el fraude fiscal y la impunidad, consiguiendo disparar el14196756554463 margen de beneficio del gran negocio de Nóos, que se disponían a internacionalizar a la vista de su irresistible éxito. Ni pasaba nada ni tenía por qué pasar.

Pero el sueño se empezó a desvanecer en 2006, tras revelar EL MUNDO el disparatado coste de las conferencias de Nóos en Baleares, y se truncó para siempre en septiembre de 2011, cuando Crónica documentó el desvío de los fondos públicos al bolsillo de los duques.

Cristina de Borbón reaccionó entonces airada, negando cualquier irregularidad, y apuntando a una «conspiración» contra la Monarquía que les utilizaba como cabezas de turco y en la que llegó a incluir sin base alguna a la propia doña Letizia. Pidió ayuda a su padre y exigió que la institución saliera en su defensa. La Casa Real analizó el asunto y concluyó que los duques de Palma debían pedir perdón y cauterizar la herida.

Don Juan Carlos envió a Denver, con el matrimonio instalado ya en Estados Unidos con cargo a Telefónica, al ex jefe de la Casa Real Fernando Almansa. Su cometido, convencer a la pareja. Acudió en compañía de Ramiro Sánchez de Lerín, abogado del Estado y secretario general de la operadora, que llevó consigo un comunicado para que Iñaki y Cristina lo rubricaran. En él ambos pedirían públicas disculpas y admitirían el «daño irreparable» ocasionado a la jefatura del Estado. Pero ni con esas.

Sin perdón

La reunión en la capital de Colorado se desenvolvió con tal violencia que los emisarios ni siquiera se atrevieron a sacar el documento. «Ni hemos hecho nada malo ni vamos a pedir perdón», zanjó encolerizada Cristina, convencida de que judicialmente el asunto no tendría mayor recorrido siendo ellos los protagonistas.

De eso hace ya tres años pero así sigue el matrimonio, establecido ahora en Suiza. Cerrado en banda a cualquier acto de contrición, sin querer oír hablar de renuncias a derechos dinásticos ni nada que pueda aparentar una asunción de culpa.

Fortalecido, hasta hace poco, por la fiereza del despliegue de la Operación Cortafuegos y la defensa en bloque de Hacienda, la abogacía del Estado y Anticorrupción -«nos vamos a comer al juez Castro», bromeaban entre bambalinas al abordar el asunto de la infanta- hasta su abogado, Miquel Roca, se vio con fuerzas para la remontada. Tranquilizó a su cliente aventurando que todo quedaría en nada, que la Audiencia la desimputaría y que la situación de Iñaki la abordarían con la Fiscalía antes del juicio devolviendo una parte importante del dinero.

Por eso cuando Cristina vio el revés de la Audiencia, que anticipó sin éxito a Roca su colaborador en Palma, y el pasado lunes la infanta leyó de arriba abajo el auto de Castro en el que acordaba sentarla en el banquillo, sólo acertó a pronunciar una frase: «No entiendo nada».

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